El eco de los helicópteros se desvanecía en la distancia mientras cruzaba el umbral de la mansión con Catalina en brazos. Su sangre caliente empapaba mi camisa, un recordatorio visceral de lo cerca que había estado de perderla. Enzo y los hombres ya barrían el perímetro, gritando órdenes, pero yo solo veía su rostro pálido, sus labios entreabiertos por el dolor y algo más oscuro: deseo crudo, innegable.
—Dario… duele —susurró, su voz, un hilo tembloroso contra mi cuello.
—No tanto como lo que vi