El año 1901 no entró en la mansión de los Filipo-De la Croix con la esperanza del nuevo siglo, sino con el aroma fúnebre del incienso y el frío metálico de la traición. La propiedad, una joya arquitectónica de piedra gris y gárgolas que vigilaban los Alpes, se había convertido en un tablero de ajedrez donde las piezas vivas eran sacrificadas sin piedad.
Maria Filipo-De la Croix, la Gran Matriarca, observaba desde su ventana el jardín cubierto de escarcha. Sus manos, adornadas con anillos de zaf