—¡Es un compañero! Solo un compañero, ¿entiendes? No tienes ningún derecho a… a intimidarlo así.
Rodrigo se acercó más, invadiendo su espacio personal. Por inercia retrocedió un par de pasos. En momentos como estos, no parecía poder reconocerlo. Era como si se hubiera transformado por completo.
—Claro que tengo derecho.
—¿Qué? ¡Claro que no! —replicó, alzando la voz, aunque su respiración se había acelerado. Su pecho subía y bajaba sin control. Pero no solo por la rabia, sino también por… ¡Ciel