Enzo, con una expresión imperturbable, se giró hacia las dos mujeres con una mirada fría.
—Ya no quiero escuchar más tonterías —dijo en un tono tan seco que resonó en la sala. Sus palabras eran como una sentencia que debía sí o sí ser cumplida—. Lo del bebé está en veremos. Hasta que no nazca y se demuestre que es mío, no lo consideraré mi hijo.
Con esos últimos comentarios, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia las escaleras, sus pasos firmes y seguros, sin perder más tiempo en idiotece