Valeria apretó el pie en el acelerador. El auto se movió con mayor velocidad. Sus manos en el volante eran ágiles, la mirada en el retrovisor seguía siendo insistente.
El McLaren buscaba rebasarla, mas no se lo permitiría.
Duraron así varios minutos hasta que las calles conocidas se hicieron presentes y, con ellas, el hecho de volver a estar con sus hijas.
La mente de Valeria se llenó de planes, pensó en la escuela que elegiría, en las películas que verían juntas, en la cena que les prepararía esa misma noche.
No había nada que quisiera más en el mundo que estar con sus tres ángeles.
Pero entonces, un segundo bastó para distraerse.
Cuando se percató, un auto se había atravesado en su camino.
El instinto la llevó a pisar el freno hasta el fondo, deteniéndose.
Su cuerpo se lanzó hacia delante por la brusca e inesperada maniobra. Estaba a punto de recuperar el manejo del auto, marchando en reversa, cuando la puerta de su lado se abrió.
La figura de Enzo se materializó ante sus ojos de un