—¡Gabriela, dame eso! —gritó Evangelina, persiguiendo a su hermana por el pasillo alfombrado.
—¡No! Es mío ahora —replicó Gabriela, huyendo con un unicornio de peluche apretado contra su pecho.
Se suponía que todas tenían los mismos juguetes para evitar este tipo de altercados; sin embargo, Gabriela prefería el unicornio de color rosa, en comparación al morado que le habían dado.
—Se lo quitaste a Celeste —dijo esta última, cruzada de brazos junto a una ventana, tenía el ceño fruncido y una e