—Ya no tienes excusa, Enzo —dijo su madre, entrando en su despacho sin molestarse en tocar la puerta—. ¿Qué estás esperando para firmar ese maldito divorcio?
Enzo estaba de pie junto a la ventana, sosteniendo una copa de coñac que no había alcanzado a probar cuando aquella desagradable pregunta irrumpió en la calma que intentaba aparentar. Su perfil era imponente, como el de un hombre que parecía dominarlo todo… excepto sus propios pensamientos.
—Ya lo firmó ella, ¿recuerdas? —continuó Olivia,