Esa noche, Valeria llegó al departamento, sintiéndose desvalida. Trastabilló un poco y luego se dejó caer junto al sofá.
Un solo vistazo a la estancia bastó para hacerle llorar a mares.
Casi podía visualizarse a sí misma esa mañana afanada arreglando a sus hijas para llevarlas al colegio, ¿cómo iba a imaginarse que sería la última vez?
“Gabriela, quédate quieta para peinarte”
“Evangelina, te dije que organizarás tus cosas en la mochila”
“Celeste, comete todo. No dejes nada”
Los ecos de su pr