Julieta
—Tengo que saberlo. Solo tienes que decirme sí o no —clamé. Mi vida se trataba de entender la razón de las cosas. Y él debía saberlo, pues temblaba angustiado.
—Tienes que entender que la situación… —insistía, y yo me levantaba, ajetreada, molesta, cansada.
—No soy una niña tonta, Damián. Tampoco alguien que tiene que estar siendo cuidada. Soy una mujer adulta que merece saber la verdad. No quiero que me la oculten, ni que me traten con cuidado. ¡Puedo aguantar la verdad y más! —dije,