Eva
—Su Majestad…— clamamos al verla.
—Eva… —susurró ella, tomando mis manos antes de abrazarme con fuerza. Freya venía con ella, y entre ambas nos ayudaron a levantarnos.
—Cielito —dije, devolviéndole el abrazo. Ella era la reina, pero también mi amiga. La chica que yo prometí ayudar y que encontró un magnífico destino.
—Gracias por venir, Su Majestad —suspiró Vampirito, exhausto.
—Vinimos lo más rápido que pudimos —explicó Cielito—. Mis amigas hechiceras habían sentido algo extraño desde