Muy lejos de las paredes de cristal del corporativo Fitzwilliam y del lujo asfixiante de la alta sociedad, la realidad tenía un olor nauseabundo. El viejo edificio donde vivía Brenda se caía a pedazos. El papel tapiz de los pasillos estaba despegado por la humedad, y el aire siempre estaba impregnado de cigarro o un olor rancio por doquier.
Unos golpes violentos y secos contra la puerta de madera astillada resonaron en el minúsculo y vetusto departamento.
—¡Abre la puerta, Brenda! ¡Sé que está