El despacho presidencial de la agencia Fitzwilliam estaba sumido en un silencio asfixiante. Massimiliano caminaba de un lado a otro frente al inmenso ventanal, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de fracturarse.
Peter, de pie junto a la puerta, aguardaba instrucciones con su habitual postura rígida.
—Averigua quién es el dueño de ese auto —la voz de Massimiliano cortó el aire, baja, áspera y cargada de una urgencia irracional—. Qué relación tiene con ella, desde cuándo se conocen.