El silencio en el penthouse era tan absoluto que el sonido de la respiración agitada de Alisson parecía el preludio de una tormenta. Massimiliano seguía inmóvil, procesando la magnitud de las palabras que acababan de destrozar el frágil refugio que habían construido.
—Sí —susurró Alisson, cerrando los ojos mientras las lágrimas trazaban surcos húmedos en sus mejillas pálidas—. Eso fue lo que dijo.
La parálisis del hombre duró apenas unos segundos. El instinto de Massimiliano, siempre diseñado p