Su expresión se suavizó. Dejó de reclamar. Con una lentitud que contrastaba con su furia anterior, estiró los brazos y tomó las manos temblorosas de Alisson entre las suyas. Sus dedos largos, cálidos y firmes envolvieron los de ella. De pronto, el implacable CEO estaba allí, acariciando la zona magullada con la yema de los pulgares, con un cuidado tan exquisito y tierno que a Alisson se le cortó la respiración.
No dijo nada. Simplemente encendió el motor y condujo en silencio. Unos minutos desp