El reloj digital de la recepción marcaba exactamente las 8:10 a.m. cuando Alisson cruzó las puertas de cristal de la agencia. A esa hora, el edificio apenas comenzaba a despertar, pero ella no podía permitirse llegar más tarde. Llevaba una blusa de manga larga de seda opaca, abotonada cuidadosamente hasta las muñecas para ocultar los gruesos vendajes color piel que cubrían las horrendas marcas moradas que le habían dejado las cuerdas.
No fue a su escritorio en el piso de diseño. En su lugar, to