Lorenzo no pudo permitir que Brenda saliera de esa habitación así como así. Cuando ella puso la mano en el pomo de la puerta, él se levantó con una agilidad que no correspondía a su edad, impulsado por ese pánico corriendo por sus venas. La tomó del brazo, girándola con brusquedad hacia él.
—¡No vas a salir de aquí lanzando esa bomba y ya! —siseó Lorenzo, apretando los dientes—. ¡Dime su nombre! ¡¿Dónde está ella?!
—¡Suéltame! Me lastimas —se quejó Brenda, forcejeando con una mueca de dolor que