Apenas la figura imponente de Massimiliano desapareció tras las puertas de cristal de su despacho, el cuerpo de Alisson pareció perder toda su fuerza. El aire a su alrededor se volvió denso y un mareo repentino la obligó a aferrarse al borde de su escritorio, bajando la cabeza por un instante.
A su lado, Regina, una de sus compañeras del equipo de diseño, se giró en su silla y la miró con evidente preocupación.
—¿Estás bien, Alisson? —preguntó Regina, frunciendo el ceño—. Estás demasiado p