XENIA
Estudié cuidadosamente el rostro de Adriel. ¿Quién habría pensado que, bajo la suavidad de su rostro dormido, se escondía un monstruo, el monstruo que yo había logrado domar?
Mi mano se posó de manera automática sobre su cara. Con el dedo índice recorrí sus cejas espesas y luego rodeé suavemente sus ojos cerrados. Deslicé el dedo con delicadeza sobre sus párpados para no despertarlo. Incluso sus pestañas, espesas y quizá más largas que las mías, no pasaron desapercibidas. Momentos después