XENIA
Estudié cuidadosamente el rostro de Adriel. ¿Quién habría pensado que, bajo la suavidad de su rostro dormido, se escondía un monstruo, el monstruo que yo había logrado domar?
Mi mano se posó de manera automática sobre su cara. Con el dedo índice recorrí sus cejas espesas y luego rodeé suavemente sus ojos cerrados. Deslicé el dedo con delicadeza sobre sus párpados para no despertarlo. Incluso sus pestañas, espesas y quizá más largas que las mías, no pasaron desapercibidas. Momentos después, mi dedo recorrió el puente de su nariz afilada hasta llegar a la punta. Presioné suavemente la punta de su nariz, como si fuera gelatina blanda, hasta que finalmente mi mirada se detuvo en sus labios rojizos.
Sé que Adriel fuma, y aun así sus labios no estaban oscurecidos como suelen estar cuando los cigarrillos los tocan. Ni siquiera podía oler el humo en él. Incluso cuando permanecía cerca de mí durante mucho tiempo, nunca lo apartaba; olía tan bien.
Mi pulgar recorrió sus labios. Voy a extr