ADRIEL MATTIAS
Tamborileé con los dedos sobre mi escritorio y volví a mirar el reloj de mi muñeca. Creo que ya había revisado la hora varias veces, porque habían pasado treinta minutos desde que comenzaron las horas de oficina y Caietta aún no se había presentado en mi despacho. Es imposible que haya olvidado lo que hablamos. Debe saber que, si no viene a verme, yo iré personalmente a su departamento.
Incapaz de seguir esperando, la llamé. Debería haberlo hecho antes, pero no lo hice pensando q