ADRIEL MATTIAS
Tamborileé con los dedos sobre mi escritorio y volví a mirar el reloj de mi muñeca. Creo que ya había revisado la hora varias veces, porque habían pasado treinta minutos desde que comenzaron las horas de oficina y Caietta aún no se había presentado en mi despacho. Es imposible que haya olvidado lo que hablamos. Debe saber que, si no viene a verme, yo iré personalmente a su departamento.
Incapaz de seguir esperando, la llamé. Debería haberlo hecho antes, pero no lo hice pensando que quizá estaba atrapada en el tráfico y por eso aún no había llegado. Evito llamarla cuando sé que está conduciendo por lo que ocurrió antes, algo que le dio a ese hombre una razón para sacarme de quicio. Tampoco quiero que una llamada mía sea la causa de un accidente. Cuando no estoy a su lado, me aseguro de que esté a salvo, así que no hago nada que pueda ponerla en peligro.
Fruncí el ceño porque no logré contactarla. La llamé varias veces, pero no obtuve respuesta. Fue solo después cuando ll