La oscuridad tras el pañuelo de seda negro no era un vacío, sino un lienzo donde el deseo de Daniela pintaba constelaciones de fuego.
En esa privación sensorial, cada latido de su corazón resonaba como un tambor en la inmensidad de la habitación.
Estaba jadeando, temblando de pies a cabeza, suspendida en la cresta de una ola que la arrastraba hacia un pico ardiente y cegador.
De repente, la boca de Elliot desapareció de su centro.
Daniela se quedó inmóvil, las muñecas aún sujetas por la seda