Elliot, tras haberla dejado atada y expuesta bajo el parpadeo de las estrellas de fibra óptica, se apartó de ella.
Daniela sintió el vacío de su calor de inmediato, una ausencia que dolía más que el escozor de los azotes.
Lo observó moverse con la gracia letal de un depredador hacia la cómoda de ébano.
Sus manos grandes y fuertes abrieron los cajones con una determinación tranquila, rebuscando entre las prendas de seda que ella misma había guardado esa mañana.
Daniela se movió inquieta, tira