Elliot volvió a tomar el consolador y a introducirlo en el interior de Daniela.
Justo cuando ella pensaba que ya no podía tomar nada más, él le demostró que sí podía.
Él le susurró todas las obscenidades que un hombre puede decirle a una mujer, palabras de elogio y obsesión sexual.
—Me encanta tu coño húmedo y codicioso…
—Córrete, mi hermosa puta…
—Eres jodidamente magnífica…
—Este precioso coño es mío.
Elliot no dejaba de hablarle. Era una corriente constante de palabras que oscilaban en