La voz de Elliot descendió una octava, adquiriendo ese tono duro y dominante que siempre lograba que el pulso de Daniela se disparara de forma incontrolable.
Era una orden silenciosa, un cambio en la frecuencia del aire que indicaba que el juego juguetón del desayuno había terminado para dar paso a algo mucho más oscuro y profundo.
Daniela le obedeció temblando, una reacción visceral que su cuerpo no podía, ni quería, evitar.
Aunque aún mantenía la cara parcialmente cubierta por la sábana, co