La habitación seguía sumida en esa penumbra cálida, rota solo por el pulso lejano de las luces de Nueva York que se filtraban por los ventanales.
El aire olía a ellos, a una mezcla de deseo satisfecho y a esa extraña paz que surge después de una tormenta emocional.
Elliot yacía sobre el colchón, con la respiración ya acompasada, pero con la mirada fija en Daniela como si temiera que, al cerrar los ojos, ella pudiera desvanecerse.
Daniela se incorporó lentamente sobre sus rodillas.
Sus muñeca