La música de la discoteca, que apenas unos minutos antes le parecía el acompañamiento perfecto para un momento de ensueño, ahora golpeaba los oídos de Daniela como una sucesión de martillazos.
El brillo de las luces de neón se volvió agresivo, distorsionando las caras de la gente que bailaba a su alrededor, ajena al desastre que acababa de estallar en la palma de la mano de Paul.
Daniela miró la pantalla del teléfono una vez más, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
El titula