El vestíbulo del resort, antes un escenario de lujo y promesas, se sentía ahora como el muelle de un barco que estaba a punto de zarpar hacia aguas turbulentas.
El aire acondicionado luchaba contra el calor húmedo de la madrugada, creando una atmósfera gélida que calaba hasta los huesos de Daniela.
Frente a ellos, Paul y Thea terminaban de ajustar sus maletas con esa urgencia típica de quien tiene que huir antes de que el sol termine de salir.
—Llámanos en cuanto aterricen en Nueva York —dijo