Enma Soler observaba su reflejo en el espejo del vestidor de su suite, pero no veía la belleza impecable que tanto esfuerzo le costaba mantener.
Solo veía el rastro de una furia que amenazaba con agrietar su máscara de porcelana.
Con un movimiento brusco, lanzó el cepillo de cerdas de jabalí contra el tocador, provocando un estrépito que apenas logró aliviar la presión que sentía en el pecho.
Estaba hirviendo.
Había venido a las Bahamas con un objetivo claro: ser la espina en el costado de El