El descenso hacia el aeropuerto JFK fue suave, un contraste irónico con la tormenta de sensaciones que aún sacudía el interior de Daniela.
Mientras el avión carreteaba por la pista, el amanecer neoyorquino empezaba a teñir el cielo de un gris metálico y frío, muy alejado del azul infinito de las Bahamas.
Daniela sentía el peso de la ropa sobre su piel, y el recordatorio físico del encuentro en el baño, esa humedad que Elliot le había prohibido limpiar del todo, la mantenía en un estado de aler