El beso fue rudo, dominante y exigente. Fue también totalmente inesperado, un asalto que dejó a Daniela sin aliento contra la fría pared de acero del elevador.
Poniéndole las manos a ambos lados de la cabeza, Elliot la devoró hasta que ella comenzó a gemir y a temblar de pies a cabeza.
Daniela acabó aferrándose a las solapas de su camisa, buscando un ancla en medio de la tormenta sensorial.
Él respiraba con dificultad, una lucha interna visible en la tensión de su mandíbula.
Se separó apenas