Daniela se quedó congelada, con la taza de café a medio camino entre la mesa y sus labios.
El vapor del líquido caliente golpeaba su rostro, pero ella sentía un frío repentino que le recorría la columna.
La presencia de Enma en la cafetería era como una mancha de aceite en un lienzo limpio; invasiva, persistente y difícil de ignorar.
No era solo su presencia física, sino la energía depredadora que desprendía, esa forma de mirar como si estuviera diseccionando un insecto bajo un microscopio.