Cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso de la suite presidencial, Daniela se sentía floja, casi como si sus huesos se hubieran vuelto de gelatina.
Estaba acurrucada contra el pecho de Elliot, envuelta en su chaqueta de traje oscura que olía a su perfume caro y a ese rastro metálico de la adrenalina.
Él la llevaba en brazos con una facilidad pasmosa, sus bíceps tensos bajo la camisa blanca desabotonada.
Daniela apoyó la cabeza en el hueco de su hombro, ocultando el rostro mientr