EMILIA
Renata salió del almacén como una fiera herida. El taconeo desesperado de sus zapatillas resonó en el pasillo como disparos, y aunque su maquillaje seguía impecable, sus ojos gritaban furiosos. Un minuto después, la puerta volvió a abrirse. Adam salió detrás de ella, con el saco colgado al hombro, la corbata floja y esa sonrisa torcida que me provocaba náuseas.
Se detuvo un segundo para acomodarse el reloj, y vi cómo su mandíbula se tensaba. No era una sonrisa, era la mueca de un depredad