EMILIA
La escena frente a mí era casi surreal. Mi papá, con su bastón de madera pulida, su traje italiano y su sonrisa ensayada de político en retiro, se inclinaba ligeramente hacia Renata como si le susurrara una propuesta indecente disfrazada de cortesía. Y ella no lo evitaba.
No apartaba la mirada, tampoco fingía incomodidad. Todo lo contrario, le sonreía.
Jugaba su papel con precisión quirúrgica. Asentía, sonreía con sutileza, tocaba su copa de vino sin beber. Lo dejaba hablar, y mientras l