El día siguiente amaneció con una sensación de urgencia en el aire. Agatha se dirigió temprano a la oficina, sus pensamientos acelerados mientras consideraba cada uno de los pasos que debían tomar para mantenerse un paso adelante de Al-Fayed. Sabía que el tiempo no estaba a su favor.
Al llegar, encontró a Javier y Ana ya trabajando en sus escritorios. Los rostros serios de ambos mostraban el peso de la situación.
“He estado revisando los contratos antiguos,” dijo Ana, levantando la vista de su