El coche avanzaba a gran velocidad, deslizándose por las carreteras oscuras como un espectro. Samer, al volante, mantenía una expresión imperturbable, pero su mente estaba alerta, procesando cada detalle, cada posible peligro que acechaba en la sombra. Agatha, a su lado, mantenía la vista fija en la ventana, sus pensamientos un torbellino de preguntas sin respuesta. El infiltrado seguía siendo una sombra sobre ellos, y aunque se habían librado de la emboscada, el peligro no había pasado.
—¿Qué