El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos cálidos que contrastaban con la tensión palpable en el aire. Agatha estaba sentada frente a Samer, con los brazos cruzados, mirando sus manos mientras jugaba con el borde de su camisa. La conversación de la tarde había dejado un vacío incómodo entre ambos, como si algo esencial estuviera por decirse, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el primer paso.
—Agatha, no entiendo por qué sigues resistiéndote a lo que sentimos —dijo Samer, su vo