La tormenta que había azotado la ciudad durante las últimas horas había amainado, pero el aire aún se sentía pesado, como si la atmósfera misma estuviera esperando a que algo más ocurriera. Agatha miraba por la ventana del departamento de Samer, sus pensamientos tan dispersos como las gotas de lluvia que seguían deslizándose por el cristal. La luz de la ciudad brillaba débilmente a través de la cortina, y la luna parecía apenas asomar entre las nubes.
La charla que había tenido con Samer seguía