La oscuridad de la noche envolvía la ciudad como un manto impenetrable. Samer y Agatha permanecían en el refugio temporal, compartiendo un silencio que hablaba más que cualquier palabra. Ambos sabían que el reloj corría en su contra. Aunque habían logrado adelantarse a sus enemigos en esta ocasión, cada movimiento sentía más pesado, como si las sombras se alargaran tras ellos con la intención de atraparlos.
Agatha observaba a Samer desde el otro lado de la mesa. Sus ojos recorrían cada línea de