El amanecer rompía tímidamente la oscuridad, proyectando un tenue resplandor a través de las ventanas de la sala. El silencio era palpable, roto solo por el leve tic-tac del reloj en la pared. Agatha permanecía sentada en el borde del sofá, con las manos entrelazadas sobre sus rodillas. Su mente seguía reviviendo cada detalle de la noche anterior, desde las miradas furtivas en el salón hasta los momentos finales de la frenética escapada.
Samer entró a la habitación con una taza de café en mano,