La sala de interrogatorios estaba fría, con una sola lámpara iluminando el rostro pálido de Hana. Atada de manos y con los ojos llenos de lágrimas, apenas podía sostener la mirada. Frente a ella, Samer permanecía inmóvil, sus ojos oscuros y llenos de tensión. Khaled estaba a un lado, listo para intervenir si era necesario, mientras Agatha observaba desde una esquina, intentando comprender lo que acababan de descubrir.
-Hana -comenzó Samer, su voz baja pero cargada de firmeza-. No voy a repetir