El aire cálido del desierto golpeó el rostro de Samer mientras el grupo se apresuraba a dejar atrás la salida de los túneles. La adrenalina que los había mantenido alerta seguía bombeando, pero sabían que el peligro no había pasado.
—No bajen la guardia —ordenó Samer, ajustando su arma y mirando a Khaled y Rashid.
El paisaje árido que los rodeaba era engañosamente tranquilo. Podían ver a lo lejos los contornos de algunos edificios abandonados, posibles refugios temporales. Pero cada paso les re