El silencio en el refugio era sepulcral mientras Agatha revisaba una y otra vez los datos descargados del servidor enemigo. El nombre que había aparecido en los registros la tenía paralizada, su mente intentando procesar lo impensable.
Samer y Khaled irrumpieron en la sala minutos después, jadeando tras la frenética huida. Las manchas de polvo y sudor cubrían sus rostros, pero estaban enteros.
—¿Lo lograste? —preguntó Samer mientras se quitaba el chaleco antibalas y se acercaba a la mesa donde