El Maybach de Lorenzo estaba aparcado en la entrada, frío y silencioso, como un ataúd de metal.
Bajé del taxi en la puerta de la mansión, sintiendo el peso de la mentira en mis hombros.
Mateo se había quedado atrás, afilando sus cuchillos, mientras yo volvía a la boca del lobo con el vientre lleno de secretos.
Las luces del vestíbulo estaban encendidas.
Abrí la puerta con mi llave.
Alejandro estaba esperándome.
Estaba sentado en el primer escalón de la gran escalera de mármol, con los codos apo