El cañón de la Beretta era un ojo negro y vacío que nos miraba sin parpadear.
Lorenzo no temblaba. Su mano, firme como el acero, apuntaba directamente a la frente de Alejandro. El dedo índice acariciaba el gatillo con una intención letal.
—Traidor —escupió Lorenzo. La palabra salió de su boca como una bala antes del disparo—. A tu propia sangre. A tu propio padre.
Alejandro estaba paralizado. Su brazo, que segundos antes me abrazaba con ternura doméstica, ahora estaba rígido por el terror. No p