Capítulo 86

El cañón de la Beretta era un ojo negro y vacío que nos miraba sin parpadear.

Lorenzo no temblaba. Su mano, firme como el acero, apuntaba directamente a la frente de Alejandro. El dedo índice acariciaba el gatillo con una intención letal.

—Traidor —escupió Lorenzo. La palabra salió de su boca como una bala antes del disparo—. A tu propia sangre. A tu propio padre.

Alejandro estaba paralizado. Su brazo, que segundos antes me abrazaba con ternura doméstica, ahora estaba rígido por el terror. No p
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