—¡Maldita sea!
El puño de Mateo se estrelló contra el armario metálico de suministros médicos. El estruendo resonó en la pequeña consulta como un disparo, haciendo vibrar las bandejas de acero inoxidable.
Me encogí en la camilla, cubriéndome el pecho con los brazos cruzados.
—Mateo, para...
—¿Cómo pudiste? —Se giró hacia mí, con las venas del cuello hinchadas y los ojos inyectados en una furia roja—. ¿Cómo pudiste dejar que te tocara ese viejo seco? ¡Te advertí! ¡Te dije que te destruiría!
—¡No