La mansión Castillo siempre había sido una fortaleza. Hoy, era un cadáver expuesto.
El Rey estaba entubado en una clínica, luchando por cada latido. Y la Reina había traído al invasor a casa.
Metí la llave en la cerradura de la puerta principal. El mecanismo giró con suavidad.
—Bienvenido a mi palacio, Mateo —dije, abriendo la puerta de par en par.
Mateo Vega entró.
No caminó con respeto. Caminó como quien entra en una propiedad embargada que piensa demoler.
Sus botas de motorista dejaron huell