El pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos olía a lejía y a muerte aséptica.
Mis tacones apenas hacían ruido sobre el linóleo. Llevaba el vestido rojo con el que había conquistado la sala de juntas, una mancha de color violento en un mundo de blancos y grises.
—Solo cinco minutos, señora Castillo —me advirtió la enfermera jefe en la puerta del box—. Está muy débil. Cualquier alteración podría ser fatal.
—No se preocupe —respondí con una sonrisa suave, tranquilizadora—. Solo vengo a darle un