El cañón del revólver oscilaba como un péndulo en la mano de Alejandro.
Estaba de pie en el umbral, con el pijama arrugado y los pies descalzos sobre la alfombra persa que Mateo y yo acabábamos de profanar.
Sus ojos, enrojecidos y desorbitados, saltaban de mi cuerpo desnudo cubierto por la sábana negra a la sombra que se movía detrás de mí.
—Dije que fuera —repitió, pero su voz era un hilo de aire. No sonaba como una orden. Sonaba como una súplica.
—Baja eso, Alejandro —dije, incorporándome des