Las puertas de roble macizo de la capilla privada se abrieron con un gemido que sonó a condena.
El aire interior estaba cargado de incienso y perfume caro. Cientos de velas parpadeaban a los lados del pasillo central, iluminando las caras de la élite madrileña.
Los mismos rostros que se rieron de mí hace cinco años. Los mismos que me llamaron "la hija de la sirvienta".
Hoy no se reían.
Hoy me miraban con una mezcla de morbo y respeto temeroso. Iba a convertirme en su reina, quisiera o no.
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