Me habían convertido en una muñeca de porcelana.
Tres estilistas revoloteaban a mi alrededor, tirando de mi pelo, empolvando mi piel y ajustando corsés que me cortaban la respiración.
Me miré en el espejo de cuerpo entero de la suite nupcial. La mujer que me devolvía la mirada era perfecta, gélida y absolutamente artificial.
Llevaba el segundo vestido, el que Lorenzo había comprado con su tarjeta negra después de profanar el primero. Era idéntico: seda blanca, encaje chantilly, una cola kilomét